UN MEJOR CAMINO A SEGUIR CON LA COMUNIDAD LGBTQ

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Los años en los que me identifiqué con el lesbianismo me marcaron para siempre, no solo por mi sexualidad, sino por la perspectiva que obtuve acerca de la dignidad humana y de ser aceptada.

Cuando salí del armario de manera pública, entré a un mundo dentro de otro mundo. En el día a día, me sentía y veía cada vez más diferente que los demás a mi alrededor. Me volví más radical en mi apariencia y afecto. Sin percibirlo de manera consciente, me estaba separando de la sociedad normal, mientras me sentía también irritada por no ser aceptada. Era doloroso ser identificada como “diferente”, sin embargo, era “marimacho”. Había una tensión constante entre ser aceptada y ser excluida.

Mi compromiso con la fe cristiana incrementó este conflicto.

Yo había sido miembro del consejo en mi iglesia por varios años, cuando decidí solicitar entrar al seminario. Me aceptaron y me dieron una beca completa. Recuerdo estar sentada a la mesa en la sala de juntas en mi última reunión con el consejo. Para la mayoría, este sería un momento de celebración, pero yo estaba preparándome para una respuesta que recibiría muchas veces a partir de ese momento: “No estás hecha para el ministerio”. Animada por mi pastor, decidí exponer por completo mi orientación sexual ante el consejo esa misma noche y renuncié a causa de “inmoralidad”.

Era 1999.

Mi decisión de ir al seminario fue radical y valiente, y llena de incertidumbre. Yo seguí adelante esperando encontrar claridad y dirección. Yo había deseado estudiar teología desde mi adolescencia y en varias ocasiones me habían dado becas para que comenzara antes de “salir del armario”. Pero ahora era mi momento. Una vez ahí, encontré rápido a un pequeño número de personas como yo: llamados al ministerio, pero excluidos de este por nuestra orientación sexual. Encontré consuelo entre estos seminaristas LGBT. Mis compañeros y el personal me dieron la bienvenida. Celebraron mi valentía de perseguir una vida en el ministerio a pesar de las grandes adversidades.

Juntos, presionamos a nuestra denominación para que aceptaran la visión del mundo LGBT para que podamos ser aceptados.

No pretendíamos derrocar de manera radical las creencias ortodoxas ni minimizar la Biblia para obtener gracia barata. Solo deseábamos convertirnos en parte del tejido común del Cuerpo de Cristo. El problema era que nuestra identificación con la comunidad LGBT parecía requerir de ese cambio radical. No había una comprensión real del gran impacto de estos cambios, que incluyen hoy en día reinterpretaciones devastadoras de la familia, el matrimonio, la paternidad y la promiscuidad.

No creo poder enfatizar de manera adecuada la tensión de sentirse llamado al ministerio mientras experimentas también la atracción hacia tu mismo sexo. Y es aquí donde quiero comentar acerca de la dignidad humana.

Mientras estaba en el seminario, algunas personas en particular me impactaron de forma drástica. Una de estas personas fue un hombre que había intentado conseguir su título de posgrado en teología en la Oral Roberts University, pero alguien lo “sacó del armario” ante el cuerpo docente. Él fue expulsado, le notificaron a su familia y lo avergonzaron muy mal de manera pública. Su familia quedó devastada. Sobre todo, él se sintió humillado de forma profunda y dolorosa. Ahora, él estaba buscando un espacio para expresar su amor por Dios.

Cada fin de semana se ponía el cuello clerical y caminaba por las calles de nuestro gran barrio LGBT metropolitano, orando con hombres homosexuales. Entraba a los bares y tomaba un vaso de jugo de arándano, escuchando y orando con los hombres del lugar. Él creó un espacio de apoyo para adolescentes en ese barrio y yo fui privilegiada al verlo empezar a crecer, mientras chicos gais se nos juntaban todos los viernes para comer pizzas y jugar hasta la media noche. Era un espacio seguro. Era familia. Nadie estaba excluido ni ningún tema estaba fuera de límites. Los amigos gais venían y, entre bromas, hablaban de sus incursiones sexuales, mientras él los escuchaba de manera paciente y compasiva. Él usó su vida como testigo contra el dolor, el tormento y el rechazo que él había experimentado, ofreciendo un salvavidas a decenas de hombres en las calles. Él murió de sida poco después de que yo dejara el seminario.

En varios momentos durante mi camino desde esos días, yo he respondido a esta parte de mi vida con vergüenza, desagrado, enojo e indignación a causa de mi propia arrogancia espiritual. ¿Cómo me atrevo a intentar cambiar la cara del cristianismo, teniendo en mente los ideales LGBT? Claro que es indignante. A pesar del mantra popular que dice “el amor es amor”, no hay nada de bueno, amable ni honorable en cuanto a la escena del bar gay en su cosificación del sexo. El club de estriptís donde pasé horas en busca de comunidad estaba lleno de libertinaje, porno, fetichismo sexual y BDSM (prácticas sexuales incluyendo el bondage, la disciplina, la dominación, la sumisión y el sadomasoquismo). Yo estaba cegada a la realidad. Pero eso no fue lo que mi amigo vio. Él vio la dignidad de los hombres atrapados en ese mundo e hizo lo que pudo para resaltar esa dignidad. Él era incapaz de ver la verdad y estaba tal vez engañado. Su mensaje no llamó a todos los hombres al arrepentimiento ni acabó con la identidad ni los deseos homosexuales. Aun así, hoy creo que puedo ver más y más la belleza de Jesús en la vida y el trabajo de este hombre.

Es común escuchar estas historias como súplica para aceptar por completo los ideales LGBT. Ese no es mi objetivo.

Estoy compartiéndoles mi historia porque creo que los cristianos necesitan un nuevo camino a seguir que no exalte ni condene a la comunidad LGBT. Quiero que consideres este dilema y reconozcas que un nuevo camino requiere aceptar a las personas que experimentan la atracción sexual hacia el mismo sexo sin victimizarlas ni aislarlas.

Con la fundación de CHANGED (una red internacional de personas que ya no se identifican como LGBT), yo he hecho lo mejor por compartir esta parte de mi vida de manera abierta para reaccionar ante los ideales LGBT de tal manera que se resalte la dignidad humana. Jesús fue el modelo de una perspectiva que se extendía más allá de lo superficial para valorar a aquellos que le rodeaban. Yo he experimentado su mirada, la cual atesora nuestra alma (nuestra realidad) hoy, a la vez que cultiva también nuestro potencial.

Jesús es el factor que más ignoramos en el debate cristiano sobre la comunidad LGBT. La relación con Él es el tesoro por el que estamos dispuestos a sacrificarnos. No obstante, resulta que el camino de Jesús es abundante. Sus caminos superan a la teoría, la psicología y la filosofía. Por lo general, Jesús es el último que se les ofrece a las personas que se identifican como LGBT. En su lugar, se nos da un sistema de disciplina para que haya arrepentimiento.

Jesús salvó mi vida. Él redimió mi salud mental y emocional, rescatándome del suicidio. Él redimió mi identidad como mujer y, en definitiva, mi sexualidad. A medida que pasa el tiempo, Él se me sigue revelando a sí mismo de maneras que cambian mi vida, mientras yo aspiro a vivir como Él vivió y tomo su corazón dentro de mi propia vida. Yo soy una mujer, una hija, una esposa para mi esposo desde hace 16 años… todo gracias a Jesús. Ya no me identifico como LGBT.

¿Qué estaba buscando mi amigo del seminario? ¿No era la comunión plena con Jesús y con la familia de Jesús? Debido a su orientación, mi amigo había sido expulsado de la comunión de su familia y comunidad originales. Juntos, nuestra comunidad LGBT estaba creando una especie de universo paralelo que tenía un poco de aquello que creíamos que nos estaba faltando. Llamándonos a nosotros mismos gais era un acto de rebeldía, una respuesta para aliviar el dolor al rechazo, pero lo que queríamos en realidad era ser aceptados. La grieta, no obstante, entre nuestra cosmovisión y la de las comunidades de las que nosotros veníamos, parecía (y aún parece) irreconciliable.

¿Qué debería hacer uno para seguir a Cristo si experimenta deseos LGBT?

Por siglos, la iglesia ha categorizado las prácticas homosexuales como un pecado y han demandado arrepentimiento sin ofrecer un discipulado efectivo para tratar la experiencia. Como verás, las personas que se identifican como LGBT están atrapadas entre el dilema de ser apreciadas hoy contra las promesas de santificación. Este conflicto es común dentro de la experiencia cristiana, pero bastante pocos de los que se identifican como LGBT reciben el liderazgo y la misericordia para caminar de lleno por el discipulado dentro del cuerpo de Cristo y aceptar su adopción como hijos e hijas.

En 2019, se publicaron los resultados de un estudio de 30 años sobre la genética relacionada con la homosexualidad. El estudio concluyó que hay múltiples factores genéticos (biológicos) involucrados, pero que tienen una influencia muy pequeña en el desarrollo de la homosexualidad. En cambio, son los “factores ambientales” que tienen una influencia mayor. En esencia, las personas “gay” son iguales que cualquier otra persona al momento de su nacimiento; no se descubrió ningún factor genético determinante. Lo que nos sucede cuando vamos madurando inspira el desarrollo de deseos sexuales o confusión de género. Esto quiere decir que nuestra familia, comunidad, estatus social, etnia y nuestra religión desempeñan una función en el desarrollo de la conducta homosexual. Estos factores moldean nuestra personalidad y percepciones, y su impacto es difícil de revertir.

Entonces, en mi opinión, la mejor manera de responder ante la homosexualidad es de forma integral. Tan solo aceptando los deseos como algo innato y determinante le impide a muchos tratar de manera correcta las disfunciones relacionales (como la codependencia), los problemas relacionados con el abuso sexual, las heridas por abandono o rechazo, y el autorechazo. Nosotros tendemos a proteger la identidad gay por encima de estos problemas, lo que significa que la plenitud adecuada nunca llega. Por desgracia, rara vez se encuentra un punto medio. O abrazamos la identidad gay por completo o la escondemos.

Para los cristianos, el camino a seguir requiere reconocer que la santificación a través de una relación con Jesús es lo que restaura nuestra identidad humana natural. Necesitamos invitar a los creyentes a que adopten una forma vida que enfatice nuestra nueva identidad en Cristo. Esto implica aceptar de verdad a la gente, resaltando (y creyendo) las enseñanzas y el liderazgo de Cristo. Por desgracia, este no es el mensaje que la mayoría con un pasado LGBT experimenta.

Seguir a Cristo no es un camino de “gay a hetero” (ambas son construcciones falsas). El discipulado tiene que ver con cambiar nuestra mentalidad y visión del mundo para creer que somos solo seres humanos. Juntos. Ese camino requiere de un arrepentimiento verdadero (un cambio de mentalidad) y un ambiente que pueda facilitar una vida en Cristo acompañada de autoconocimiento, entendimiento de nuestro pasado, una perspectiva de nuestros dones y fortalezas, honor, dignidad, transformación, esperanza… en esencia, requiere del Reino de Dios. Necesitamos un ambiente en el que podamos ser valorados y a la vez ser auténticos mientras abandonamos nuestra identidad LGBT. Un ambiente que no le teme a la tentación.

Dios puede restaurar lo que había estado perdido a la visión del mundo de que nuestros deseos sexuales son fundamentales para nuestra autocomprensión.

Para algunos, seguir a Jesús de esta manera resulta en cambios radicales en la experiencia sexual. Para otros, hay una reconciliación con el propio género (sexo) biológico. Experimentamos la libertad de los deseos sexuales que dominan y convencen nuestra vida. Por encima de todo, nos damos cuenta de que estamos a la altura de hombres y mujeres, con pasiones y objetivos compartidos. Somos aceptados.

Mi amigo del seminario nunca escuchó un mensaje como este. A él nunca se le dio la oportunidad de entender mejor sus experiencias de vida ni de dejar de lado el trauma de años del rechazo propio y el rechazo social, en una comunidad cristiana que le de vida.  Además, nunca se le permitió experimentar la vida como un hombre saludable que está rodeado de otros hombres saludables.

Nunca ha sido tan importante crear un lenguaje para nuestra nueva vida en Cristo, que nos permita escapar de las etiquetas y demandas culturales LGBT.

“Nacer de nuevo” es la puerta que lleva a la restauración de nuestra identidad como hombres y mujeres. A través de Cristo, podemos entrar en una nueva identidad, definida por Jesús, que nos permite sin reservas formar parte de su familia como hijos e hijas.

“¡Por fin ha llegado el tiempo prometido por Dios! —anunciaba—. ¡El reino de Dios está cerca! ¡Arrepiéntanse de sus pecados y crean la Buena Noticia!” Marcos 1:15 NTV.

“Jesús le respondió: —Te digo la verdad, a menos que nazcas de nuevo, no puedes ver el reino de Dios” Juan 3:3 NTV.

“Vino a los de su propio pueblo, y hasta ellos lo rechazaron; pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Ellos nacen de nuevo, no mediante un nacimiento físico como resultado de la pasión o de la iniciativa humana, sino por medio de un nacimiento que proviene de Dios” Juan 1:11-13 NTV.

“Así que hemos dejado de evaluar a otros desde el punto de vista humano. En un tiempo, pensábamos de Cristo solo desde un punto de vista humano. ¡Qué tan diferente lo conocemos ahora! Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!” 2 Corintios 5:16-17 NTV.

Así que, estoy orando por un mejor camino a seguir para que las personas cristianas que se identifican como LGBT salgan de esa visión del mundo, que nos dice que somos diferentes a los demás. Ese mensaje nos deshumaniza de manera sutil, excluyéndonos para siempre del cuerpo de la humanidad en general, a causa de nuestra experiencia sexual. Al mismo tiempo, las iglesias necesitan también reformar sus perspectivas hacia nosotros, enfocándose en nuestra humanidad natural. Está claro que nuestras tentaciones no nos definen y, por eso, las congregaciones deben convertirse en ambientes acogedores para la madurez espiritual.

Todos debemos ver la visión de restauración de nuestra persona que Cristo ofrece.

La meta no es ser “heterosexual”; la meta es ser humano, redimido. Entonces seremos libres de cualquier comportamiento que domina nuestras vidas y que nos lleva lejos de la visión de Cristo sobre la identidad humana, ya sea dentro del matrimonio o como solteros. Solo ahí podremos convertirnos en la familia y el cuerpo de Cristo que trae sanidad a las naciones; juntos.

Este artículo se toma del sitio web de Elizabeth.